Hacemos propicia esta ocasión, para
renovar con profundo amor, la consagración a tu Sagrado Corazón y al Inmaculado Corazón
de tu Madre Santísima, de este Colegio que fue creado para tu mayor Gloria, mediante la
formación en sus claustros de los que habrían de ser en el futuro, tus intrépidos
precursores en medio de la sociedad contemporánea.
En torno al altar, en unánime
concelebración, encontramos un selecto número de jóvenes sacerdotes, entre los cuales
un Obispo, de los que fueron entresacados de sus filas por Ti Jesús, para ejercer en tu
nombre, el Sagrado Ministerio. A su lado, seis seminaristas de la misma procedencia,
animados igualmente por idéntica santa vocación. Radiante esperanza de la Iglesia!
En esta señalada oportunidad, quien
fuera, aunque indigno el Padre Espiritual de todos ustedes en los venturosos años de
vuestra niñez, adolescencia y primera juventud, quiere, en seguimiento de los pasos de
San Juan, que tenía una palabra de orientación de vida para cada uno que se le acercaba,
quiere, repito, es decir quiero, dirigirles un mensaje que sea como la síntesis y
memorial perdurable, de las enseñanzas que en aquel entonces les impartiera.
Jesucristo nos manifiesta en el
Sermón de la Montaña, que todos estamos llamados a la santidad cuando dice: "Sed
perfectos como vuestro Padre Celestial es Perfecto". Asimismo San Pedro en su primera
carta agrega: "Así como el que os llamó es Santo, así también vosotros sed santos
en toda vuestra conducta".
Santos, mis queridos ex-alumnos, con
santidad personal, santos en vuestra vida familiar, santos en el campo laboral, santos en
la práctica de las obras de bien, particularmente en las obras de caridad para los más
necesitados, santos en la dedicación al estudio, para ser luego, ejemplares profesionales
y por fin, santos en el ejercicio imprescindible e impostergable del apostolado. Todo esto
significa, ni más ni menos, que la realización en plenitud del lema de nuestro Colegio:
"ADIMPLE MINISTERIUM", Cumple tu Misión.
La santidad en primer lugar, apunta
a nuestra relación personal con Dios a través de Cristo, Mediador entre el Padre que
está en los Cielos y cada uno de nosotros. Esta relación personal con Dios, implica el
trato cotidiano con el Señor mediante la oración, la práctica asidua de los sacramentos
de la Confesión y la Eucaristía y la participación, al menos dominical en el Sacrificio
del Cuerpo y Sangre de Cristo que es la Misa.
A la hora de ascender por la
empinada cuesta de la santidad, Dios nos favorece con una ayuda insigne, un regalo
inapreciable: nos da a su Madre Santísima, como Madre nuestra y también en Ella, una
excepcional Intercesora y Abogada, frente a las múltiples necesidades y riesgos que
pudiéramos padecer. La devoción a la Virgen María, recordémoslo, es señal inequívoca
de predestinación.
Observemos entre tanto, que la
universal vocación a la santidad, puede lograrse plenamente, ya sea por el camino del
sacerdocio, como por el camino del matrimonio y la familia. En el matrimonio se alcanza y
se manifiesta en el amor y la dedicación exclusiva, a la mujer elegida de una vez para
siempre y a los hijos, frutos de esa bendita unión.
La educación de los hijos,
especialmente en la Fe, es la primera y fundamental colaboración de los esposos con la
labor apostólica de la Iglesia. Por otra parte, el hombre también está llamado a
colaborar con su trabajo en la obra creadora de Dios.
De esta consideración, emerge el
compromiso de darle pleno sentido cristiano, a la profesión o actividad, cualquiera sea
ella, a la que cada uno ha sido llamado.
El apóstol Santiago, en su
epístola nos dice: "De qué sirve hermanos míos que uno diga: tengo Fe, si no tiene
obras. La Fe sin obras está realmente muerta", y entre estas obras, las que se
realizan en favor de los menesterosos, ocupan un lugar de privilegio. Con la vista puesta
en el Juicio Final, Jesús nos adelanta las palabras que pronunciará sobre nosotros:
"Todo lo que hicisteis con uno de mis más humildes servidores, conmigo lo
hicisteis". Y por fin para coronar nuestra identificación con Cristo, debemos
recordar que desde el Bautismo y la Confirmación, todos hemos sido convocados por el
Señor para extender su Reino en la tierra por medio del apostolado.
Es preciso destacar que en nuestros
días, si no se recurre a los medios masivos de Comunicación Social, el apostolado que se
emprenda queda reducido a su mínima expresión. Los medios de Comunicación Social, son
en la actualidad, por su propio carácter, los verdaderos forjadores de la opinión
pública y de las costumbres.
Atentos a esta verdad innegable,
reciban, queridos ex-alumnos, la clara, firme y apremiante consigna de invadir, en nombre
del Señor, esos modernos medios de comunicación social: la prensa: diarios, revistas,
libros y demás publicaciones; la radio, la televisión y las distintas manifestaciones
artísticas. Quiero aclarar que esta invasión no debe limitarse a propalar los textos de
las Sagradas Escrituras y la Doctrina del Supremo Magisterio de la Iglesia, sino que
comprende y abarca, todo lo que es sano moralmente, todo lo que es bueno, veraz, bello y
honesto, y lo que de algún modo contribuye a la difusión de la paz y el entendimiento
entre las gentes.
Animados de este espíritu, surjan
enhorabuena de entre las filas de ustedes los libretistas, programadores, escritores,
poetas, cultores del canto, y de la música, los artistas plásticos y los geniales
intérpretes de interesantes obras teatrales y cinematográficas.
El presente mensaje, pues, mis
queridos ex-alumnos, se concreta y sintetiza en estas dos expresiones: Santidad de vida e
invasión en el nombre del Señor de los medios de comunicación social.
Deposito éstas mis palabras con
toda ilusión, en lo más profundo del alma de ustedes, a los que tanto quiero, a los que
llamé con entrañable afecto mientras eran alumnos de nuestro Colegio y seguiré llamando
siempre, mis jóvenes amigos y mis queridos muchachos, ustedes que constituyen el centro
mismo de mi Ministerio Sacerdotal y su fruto más preciado.
La realización de estos
propósitos, en consonancia con el lema del Colegio: Adimple Ministerium, redundará un
día en la invitación de Jesús que nos dirá: Ven siervo bueno y fiel, has sido fiel en
lo poco, Yo te constituiré sobre lo mucho. Entra a participar del gozo de tu Señor.
Que así sea.